15 de julio de 2014

LOS EUCALIPTOS DE LA RÍA


LOS EUCALIPTOS DE LA RÍA


Bajo los eucaliptos
Acrílico sobre tela
38 x 61 cm.
2007

Enormes eucaliptos me daban sombra, a mí que soy heredera directa de las antiguas casas de los ingleses y la primera de esta orilla de la ría.
Recuerdo que el porte
de estos árboles era tan grande que impedían que el viento que venía del mar, llegara hasta los veleros que navegaban por ella.
Algunos de los eucaliptos que se talaron, ya muy al final, se empeñaron en crecer de nuevo y me acompañaron hasta 
mi desaparición inevitable.

Dibujo del "ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA"

LA RÍA AL ATARDECER



 LA RÍA AL ATARDECER                     


La ría de Punta Umbría al atardecer

Foto de los años 60
Modesto Aguilera Morente

Por las mañanas el sol se asoma, desde el otro lado,
desde la otra banda, a las marismas del Tinto y el Odiel 
que desparraman  juntos sus aguas al Atlántico.
Y es esta ría la que siempre ha acogido en sus aguas 
los barcos que en ella se anclan a su fondo,
protegidos de la fuerza del mar abierto que llega a la playa.
Los snipes, el yate de don Remi y sus balanceos suaves 
con breves olas al paso de los pesqueros
que salen a la mar.



Texto y dibujo del capítulo tercero del libro “ALBUM DE PUNTA UMBRÍA”

ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA. PRÓLOGO.


Por Antonio Lopera

      ... La canoa era un cómodo transbordador de personas y bultos, del porte de un mediano pesquero local, con una toldilla que cubría los asientos, donde nos acomodábamos con el equipaje, disputando al resto del pasaje un lugar en los bancos de las amuras, desde los cuales –si sacabas medio cuerpo por la borda cuando nadie reparaba en tí- había una visión privilegiada de la proa del artefacto rasgando el agua oscura de la ría, vibrante fenómeno que nos transmitía una insólita sensación de autoridad y seguridad, al reconocer quizá en aquella máquina petardeante el poder real de trasladarnos –por fin- directamente y sin interferencias al paraíso.

          Desembarcar en “el muelle de la canoa”, bajo un sol inclemente y envueltos en el vaho del olor húmedo a salitre y pesca podrida, certificaba el éxito de la expedición. Seguía el acarrear trabajosamente todos nuestros pertrechos hasta la cercana casa de mis tíos, a través de pasarelas de maderas tendidas sobre la impisable arena ardiente, operación que, lejos de constituir otra enojosa prueba, era visto sin más como el último y definitivo trámite en la conquista de la libertad. Como no solíamos llevar bultos excesivamente voluminosos ni pesados, el trayecto lo hacíamos a pie, sin necesidad de recurrir al traslado de la impedimenta en borricos al punto, como les sucedía a los veraneantes estables, cargados de maletones, baúles, colchones y demás enseres. (Con todo, jamás pude sacarme la espina de no haber tenido la oportunidad de disfrutar de aquel medio de transporte).


       A partir del aposentamiento en la casa comenzaba una trepidante sucesión de libérrimas actividades, apenas jalonadas por la concurrencia obligada a almuerzos y cenas. El resto del tiempo se distribuía entre la playa en pandilla, las visitas a casas de otros niños provistas de algún aliciente especial –una mesa de ping-pong, una decrépita bolera al aire libre, una alberca, o una vieja barca varada en el patio…-, las incursiones a parajes prohibidos, como las fangosas márgenes de la ría, pobladas de traidores remolinos que engullían a los bañistas imprudentes, según se afirmaba con precisión estremecedora, etcétera. Todo ello constituía una magnífica y aleatoria oferta de atractivos, rematada casi a diario por el gran acontecimiento nocturno de las veladas en el Cinemar San Fernando, a las que acudíamos excitados, somnolientos y requemados por el sol. ...


El Cinemar San Fernando antes de desaparecer

14 de julio de 2014

ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA.




ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA

Estos años atrás, en los cuadros de la Punta Umbría de siempre, intenté representar la luz transparente de su playa, la ligereza de aquellas antiguas casas de madera sobre pilares de los ingleses, o la frescura de esas otras alineadas frente a la ría o bajo la sombra de los pinares de El Cerrito.

He reunido una colección de cien dibujos a lápiz, muchos de los cuales sirvieron de base para estos cuadros, que la editorial MAIREA publica ahora en un pequeño LIBRO bajo el título: “ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA”.

A través de estos dibujos y de los breves textos que los acompañan pretendo traer, a una memoria llena de añoranza, los recuerdos de aquella Punta Umbría mágica de entonces.

El libro, con un prólogo del arquitecto Antonio Lopera, se divide en tres capítulos con textos introductorios y dibujos, dedicados a:

Las Casas de madera” sobre pilares, ya desaparecidas, que levantaron los ingenieros ingleses de las minas de Río Tinto sobre las dunas,

La playa y los pinares”, con casas de una segunda generación que tomó lo mejor de las casas de los ingleses, casi todas también sobre pilares, que se construyeron más tarde en la playa y en los pinares interiores, muchas de ellas también desaparecidas y

La ría”, resguardada del mar, con el muelle de pescadores a un lado y el del club náutico al otro.


































Dibujos del libro ÁLBUM DE PUNTA UMBRÍA